Vi una mancha de gente frente a Casa Jalisco. Era una masa compacta. Me fui metiendo entre la multitud. Muchos retrocedían, no entendía por qué. Levanté la cámara y vi humo. Al llegar hasta enfrente del contingente, me di cuenta que lanzaban chorros de agua desde carpas instaladas a un costado de Casa Jalisco. Eran los bomberos que dirigían torrentes a presión contra los manifestantes, como si de pequeños incendios se tratara. Claro, la ira colectiva estaba prendida, pero no para apagarla así.
Saqué mi celular y comencé a grabar. De repente un chorro de agua me alcanzó. Limpié la cámara empañada, la levanté de nuevo y otra violenta descarga helada me dejó completamente empapada. Las personas frente a mi corrían hacía el chorro de agua que, por lo menos, estaba limpia, contraste vivo con el líquido oscuro que llega a varios hogares. Sólo faltaba sacar el champú, para disfrutar el baño.
Los elementos policiacos comenzaron a agruparse, la gente también. Al grito de “somos más” una multitud se congregó frente a las vallas. El humo y el agua formaban parte del ambiente. De repente, ¡Pum! un estruendo, seco, como una granada, aturdió a la multitud. “No se tallen los ojos, banda”, alertó alguien, mientras el humo espeso recorría nuestras caras.
Una ardiente picazón irritó los rostros, los ojos empezaron a arder, la garganta se cerraba y la desesperación se apoderó de muchos. “¡No corran, respiren por la boca, no se toquen la cara”!, gritó alguien. En el desconcierto es difícil seguir las instrucciones.
Una chica corre hacia mí y con su botella de agua moja el cuello de mi blusa, la sube y me tapa la cara. Me repite: “tápate la cara”. Lo hago y el ardor se calma.
A un lado de mi un chico vomita. Veo a un adulto mayor con los ojos rojos. El vendedor de tejuinos se tapa la cara con un trapo rojo. Más allá, un muchacho golpeado, sangra. Todos son víctimas de la salvaje acometida de los cuerpos de seguridad.
Poco a poco el humo se dispersa. Alguien grita que volvamos, que no dejemos a la gente que se quedó atrás. Volvemos. Ahora los elementos policiacos están más ordenados, mejor organizados, parecen más, están a los costados y enfrente de Casa Jalisco.
La gente les grita consignas. Algunos policías intentan darles macanazos. Los manifestantes los esquivan con movimientos que parecen una danza de boxeo. Los escudos policiales están alineados formando una barrera. La gente, enojada, les increpa que ellos también se bañan con agua sucia. Los policías se ríen, tiran macanazos sobre las vallas. El descontento de los asistentes siempre es verbal, la multitud comienza a cantar el himno nacional. Estalla otra bomba de gas. Perdí la cuenta de cuantas nos aventaron en el transcurso de unas horas. Nos alejamos del humo.
Un grito nos pone alerta: “¡Suéltenla!”. Corremos a ver qué pasa. Las voces, frente a las vallas, corean “¡Suéltenla! ¡Suéltenla!”. Los policías arrastran hacia el interior de Casa Jalisco a una persona. Otra bomba estalla frente a la gente, el humo nos alcanza de nuevo. Corremos.
Ahora la refriega está a un costado de Casa Jalisco. Con los escudos los elementos policiacos forman una especie de casita, tiran granadas de gas. Atrás alcanzo a ver que la pipa cargada de agua del antes heroico cuerpo de bomberos viene, se estaciona. La gente utiliza las vallas arrebatadas a la policía para tratar de impedir que pasen.
Frente a Casa Jalisco la gente sigue gritando consignas. Se desata una batalla campal muy desigual: granadas de gas lacrimógeno contra naranjas o limones, o alguna otra fruta.
Apenas alcanzamos a escapar del gas cuando un violento chorro de agua helada nos estremece. Nos moja a diestra y siniestra. A los del frente les tocó baño ¡y con agua limpia! El desconcierto permitió que los antimotines avanzaran sobre la multitud. Los escudos de algunos policías empujaron mi espalda. Un policía me gritó: “¡Quítese señorita, la van a golpear!”. ¿Me van a golpear? ¿A mí? ¿Por qué?” pensé para mis adentros.
En la corrediza detuvieron, según mis cuentas, a por lo menos cinco personas. Entre los detenidos identificables en el video están Martín, Max, Jorge y dos personas más cuyos nombres desconozco. Todas fueron violentadas y sustraídas por varios elementos policiacos. Miro como a Max se le cae el teléfono celular, un policía lo recoge. Max -quien fue liberado al día siguiente- en entrevista con un medio relata que no recuperó sus pertenencias. El teléfono no le fue devuelto.
Los policías nos acorralan en una calle. Ahora ellos parecen más. Marchan sincronizados mientras a la par golpean su macana sobre su escudo, queriendo inspirar miedo. Me retiro por una calle aledaña, vuelvo con una multitud que estaba congregada frente a Casa Jalisco, sigo mojada, tengo frío, el maquillaje en mi cara se lo llevó el agua, y ni nosotros sabemos a cuantos se llevaron.